En la era paleolítica surgieron los primeros bastones, simples varas de madera empleadas en la caza de animales. Posteriormente, en algunas tribus primitivas su uso se asoció a los altos cargos convirtiéndose por ello en un símbolo de poder. Por otra parte, en la época romana tuvieron especial relevancia por su valor, ya que los emperadores los entregaban a los gladiadores como insignia por las múltiples victorias obtenidas en los combates circenses.
A lo largo de los siglos, los bastones se han transformado al mismo tiempo que sus usos, aunque actualmente la acepción más extendida remite a su significado como elemento de apoyo al caminar. Para muchos, símbolo de enfermedad y vejez, este complemento cotidiano nació como un útil rural más, asociado a la actividad agrícola, primero, y a la figura del pastor local, después, perdurando hasta nuestros días gracias a su capacidad de adaptación.
En Bastones Lince, una empresa ubicada en Segorbe, la cuarta generación de bastoneros artesanos reconoce que la demanda ha evolucionado mucho desde los orígenes del negocio, aunque los valores que convirtieron en maestros artesanos a sus antepasados aún permanecen vigentes en el día a día de las nuevas generaciones.
Bastones con historia
Aunque se desconoce la fecha exacta de su aparición, durante las últimas décadas del siglo XIX surgieron en la comarca castellonense del Alto Palancia varios talleres que se dedicaban a la talla de madera de almez. Primero, éstos elaboraban aperos de labranza que se empleaban para trillar o labrar la tierra de cultivo y fue con el paso de los años cuando empezaron a curvar la madera. Los primeros utensilios curvos fueron los barzones, anillos de madera por donde pasa el timón del arado en el yugo, aunque posteriormente, comenzaron a confeccionarse los primeros bastones para uso humano.
Fue la segunda generación de artesanos la que se dedicó plenamente a la elaboración de bastones, un producto en pleno auge. El mercado en aquellos años era comarcal y provincial, pero ante las incipientes posibilidades de crecimiento comenzaron a abrirse nuevos talleres, algunos de los cuales incorporaron maquinaria más moderna. A mediados del siglo XX se contabilizaron en Segorbe cerca de quince empresas dedicadas a la elaboración de bastones comunes y de nuevos modelos montados, divididos en vara y empuñadura. En esa época el bastón ya era un elemento de uso habitual, atrás quedaban sus primeros años en que los agricultores y los pastores eran los principales usuarios.
En la década de los setenta muchos artesanos se jubilaron y otros cedieron a sus familiares el relevo empresarial, como sucedió en el caso de Bastones Lince, perdurando actualmente sólo cuatro de los antiguos talleres artesanos. Como explicaba Fernando Martínez, el gerente de la empresa segorbina, “el relevo generacional conlleva asociados cambios como la apuesta por la innovación, la ampliación de la gama de productos o la compra de la materia prima ya manipulada, aunque siempre respetando en el proceso los valores artesanos que dieron vida al producto inicial”.
Los cambios en la demanda han afectado también al oficio de bastonero, ya que como explicaba Martínez “hace quince años el dibujo y el acabado eran más importantes que ahora, se valoraba más el trabajo manual. Ahora, la mayoría de las personas prefieren la muleta porque es más ergonómica y tiene un diseño más moderno”.
Un proceso en constante adaptación
En las instalaciones de Bastones Lince se producen dos productos cuya principal diferencia radica en la empuñadura y la materia prima utilizada. El bastón tradicional, con forma curvada, se elabora normalmente con madera de castaño, mientras que la muleta se confecciona con haya y a diferencia del anterior posee una forma de T totalmente adaptada a la mano humana. Actualmente, el 80% de su producción son muletas y cerca del 20% restante se reparte entre bastones curvados y con empuñadura, mientras el almez, la materia prima utilizada en los primeros bastones, ocupa ahora sólo el 2% de la producción.
El proceso de creación de un bastón comienza con la selección de la materia prima. Antiguamente, el artesano era el encargado de cortar la madera que después hervía en agua para poder retirar la piel a la rama. A continuación, se secaba la vara y para curvarla se utilizaba el calor del horno y una maquina manual y durante cuatro meses, una cuerda se encarga de que la madera no se destensase asegurando la calidad del producto final. Esta primera fase actualmente la llevan a cabo empresas especializadas.
Cuando la vara está curvada, se vuelve a enderezar de nuevo introduciéndola en un horno previamente precalentado para evitar que la curva se abra. Después se corta la vuelta sobrante y el largo estándar (90 centímetros). Posteriormente, se retiran los nudos y se quitan las impurezas, se lija por completo, y por último, se barniza para darle un acabado perfecto. Además, al final del proceso se puede personalizar el bastón tallándolo, dibujando motivos pictóricos o añadiendo una empuñadura ornamental.
En Bastones Lince, aún se elabora parte de la producción de manera artesanal aunque “cada vez nuestros clientes prefieren la comodidad de la muleta a la artesanía del bastón”, señaló su gerente. Además, como él mismo comentaba, “el proceso sigue los mismos pasos, enderezar, lijar y barnizar, aunque en el caso de las muletas se añaden materias primas como el metacrilato que permiten jugar con una mayor variedad de formas y colores”. Para Fernando Martínez, “el bastón todavía se asocia a nuestros abuelos, ahora es el momento de la muleta”. |